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Aparece el cadáver del pequeño Gabriel. ¡Qué ningún miserable hable de no legislar en caliente! Por Jesús Villanueva Jiménez

Este domingo se ha hallado el cadáver del pequeño Gabriel Cruz, en el maletero del vehículo que conducía la actual pareja de su padre, Ana Julia Quezada, en el momento de ser detenida por la Guardia Civil. Las investigaciones del Benemérito Instituto continúan y, aunque la evidencia parece no tener vuelta de hoja, en un estado de derecho como el nuestro, a todo sospechoso, hasta no ser juzgado y condenado, le ampara la presunción de inocencia.
No obstante, el hecho es que alguien ha arrebatado la vida a un pequeño de ocho años, inocente e indefenso; un crimen abyecto, abominable. Ahora, unos padres estarán padeciendo el peor de los calvarios imaginables. Sus vidas destrozadas. Lo pienso y se parte el corazón. Una vez más. Una más de tantas otras.
Lo cierto es que en nuestra sociedad habitan monstruos como el asesino de Gabriel —sea quien fuere—. Criminales que amenazan la integridad de nuestros hijos, cuando no la vida. Desalmados de los que nuestra sociedad debe protegerse, a toda costa, contundentemente, sin complejos. Es un derecho indiscutible. Así y todo, cuando las redes sociales, una vez más, reflejen la indignación de la ciudadanía ante semejante crimen; cuando la gente de bien clame por el endurecimiento de las penas para casos como el que nos ocupa —y otros tantos en la mente de todos—; cuando se clame por una prisión permanente, la cadena perpetua para culpables de crímenes semejantes, habrá quienes aducirán que es inconveniente legislar en caliente, como vienen argumentando los representantes de esa izquierda ideologizada al extremo, más preocupada del bienestar del asesino o violador o pederasta que de sus víctimas. Estarán también aquellos insignes representantes del pueblo (y de la judicatura y la abogacía), tan formales como cobardes, como pusilánimes de altas tribunas, que siempre recuerdan que la condena a prisión tiene como objetivo la reinserción del criminal en la sociedad, que no es castigo ni venganza. Sí, en efecto, es uno de los propósitos, pero no el único, pues más nos debería importar y ocupar la seguridad de los indefensos, la vida de nuestros hijos, que la reinserción de un maldito hijo de puta.

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