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Tres mujeres pregonan las fiestas de El Tablero

San Bsrtolomé de Tirajana, 14 may (eldiariodecanarias.es).- Tres mujeres pertenecientes a tres generaciones distintas han pregonado este año las fiestas de la Santísima Trinidad de El Tablero, cuyo programa de actos se desarrollará a lo largo de toda esta semana.

La elección de las tres mujeres y madres para ese cometido fue una decisión que adoptó la comisión de fiestas para rendirle un homenaje global a todas las madres del pueblo. Cada pregonera ofreció una óptica distinta sobre la maternidad de su época.

La primera pregonera fue Carmen Rodríguez Quintana, más conocida por Carmela Galván, una empresaria nacida en Telde a mediados de noviembre de 1939, que llegó al Tablero acompañando a sus padres en septiembre 1954.

En su pregón narró como trabajaba de día en los tomateros y por la noche en el almacén como la mayoría de las mujeres de su época, y cómo aprovechaba los veranos sin zafra para aprender a cocer y sacarse el título de corte y confección. Entonces las fiestas del pueblo eran famosas por sus carreras de burros y de caballos, y por sus bailes en la Sociedad.

En uno de esos bailes conoció a Francisco Sánchez, su marido. Ambos estrenaron en 1964 las bodas en la antigua iglesia del pueblo. A él se le olvidó que se casaba y tuvieron que ir a buscarlo mientras jugaba a la baraja.

Carmela recordó la apertura de su tienda de comestibles en la que también vendía muebles y ropa, y como cuidaba de sus 5 hijos metidos en una caja de fruta mientas atendía el negocio familiar. En ocasiones las propias clientas le ayudaban con los biberones mientras ella despachaba. Las mujeres de su generación parían en sus casas ayudadas por comadronas como la recordada Juanita Trujillo.

Carmela fue la primera mujer de El Tablero en sacarse el carnet de conducir en 1970, cuando eso entonces no estaba bien visto, hasta que llegó el turismo y todo se normalizó. Fue entonces cuando las cuentas dejaron de anotarse en la libreta para pagarse al cobro de la zafra, y cuando empezaron a aparecer otras profesiones.

La Transición

La segunda madre en pregonar las fiestas fue Elisa Pérez Hernández, nacida a primeros de diciembre de 1963, también comerciante de una pequeña mercería y activa colaboradora de las actividades parroquiales.

Recordó su llegada al Tablero a finales de los años 60 procedente de Ayagaures. Su madre había arrendado una finca para plantar tomateros y su padre se incorporó a las obras de construcción de la urbanización de la zona turística, entre ellas la edificación del Centro Ecuménico de Playa del Inglés, cuya piedra del altar mayor eligió de la cantera de Ayagaures.

Elisa recordó que entre su infancia y su maternidad transcurrió la Transición española, y postuló que a las madres de su generación les tocó vivir la mejor época para educar “porque ya no había tantas necesidades como antes, ni tanta permisividad como ahora”.

Las niñas de la generación de Elisa jugaban con más imaginación que medios y hasta el anochecer, con recortables, latas vacías, al salto de la soga (el patio de la casa, el corito de San Miguel…), al pañuelito, al anillito… solas y sin vigilancia de los padres.

Aquellos niños eran más inocentes. Entonces a los bebés los traían las cigüeñas o incluso los aviones, a los que les gritaban desde los surcos “¡tráenos un niño!” hasta desgañitarse mientras que el artefacto aéreo trasponía a lo lejos.

Entonces en la escuela quien mandaba era el maestro, incluso con permiso para dar un razonamiento manual extralimitado si era necesario. Y después de clase la chiquillería de entonces tenía que ayudar en el trabajo agrícola: coger tomates, regar, engüanar o coger el puño de hierba para las cabras.

El esplendor del turismo también supuso un cambio significativo para la generación de Elisa, porque reportó ingresos pero también que muchos jóvenes abandonaran los estudios para dedicarse a trabajar en la hostelería sin que importara la formación académica, bien para ayudar económicamente a la familia o bien para llevar un ritmo de vida diferente.

En paralelo a aquel esplendor turístico, también fue normal para aquella generación de jóvenes abandonar los estudios para casarse y formar una nueva familia.

Los privilegiados

La última pregonera, Fuensanta Navarro Segura, animadora sociocultural, nació a mediados de diciembre de 1983. En su discurso encadenó los numerosos privilegios de las madres de su generación, con poder de decisión para ser madres solteras o casadas e incluso para elegir el modo de parir.

La generación del privilegio -según Fuensanta- ha gozado de muchísimas comodidades, como estudiar y elegir qué tipo de estudios, o incluso contar con pañales de usar y tirar y disponer de un servicio de guardería que no tuvo la generación de Carmela Galván y que se puso en marcha por iniciativa de las mujeres de la generación de Elisa Pérez.

Las comodidades de la generación privilegiada llegan incluso a la posibilidad de personalizar las chupas con el nombre de los críos o elegir los pañales por marca o color.

La generación de Fuensanta fue la última que se crió en la calle, en los solares y suelos no urbanizados, sin vigilancia estricta, jugando a la bicicleta sin cascos, sin coderas ni rodilleras, y la última generación también que acudió a los colegios con mochilas sin refuerzo de hombros antes de que empezaran a aparecer las transportables de ruedas.

La infancia de su generación gozó de los primeros proyectos cultuales, sociales, deportivos y educativos del municipio, de las primeras colonias de verano y de la organización de las primeras actividades extraescolares. Entonces no estaba extendido el uso y compra compulsivas de zapatillas ni la corrección dental con ortodoncia.

Fue también la infancia y juventud de la generación de Fuensanta la que comenzó a experimentar otro concepto de diversión festiva, con la aparición de los primeros hinchables y las primeras fiestas de la espuma, incluso unas competiciones de carreras de lagartos que terminaron prohibiéndose por la Ley de Protección Animal.

La generación privilegiada fue la que asomó a la era del ordenador y las consolas de videojuegos, y a los primeros teléfonos móviles. También la que asistió a los primeros parques de atracciones, la que creció comiendo bollicaos y gozando de una libertad y valores desconcertantes para las generaciones precedentes.

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