De cómo la pornografía afecta al cerebro de los jóvenes y sin norma legal que lo remedie.

Por Miguel Ángel Hernández Concepción
Profesor Bachillerato, Acceso a la Universidad Personas Adultas, Especialista e Investigador.

Con el año nuevo seguimos asistiendo al mismo espectáculo informativo de siempre relacionado con la polarización política y civil mientras las cuestiones cruciales siguen sin ser atendidas en medio de tanto ruido, mentira mediática y falta de rigor en el tratamiento de los problemas reales. La pornografía está cada vez más presente en nuestra sociedad, en nuestros móviles y en el de nuestros jóvenes. El 20 de noviembre de 2020 se aprobó en el Senado español, por unanimidad, una moción para la prevención contra el consumo de la pornografía en la población adolescente. Quizá esa unanimidad, tan sorprendente en España, ha favorecido la poca atención en los medios y que se elijan para cocinar noticias entre otras la Ley sí es sí y el número de violadores que ven reducidas sus penas.

No pasa igual con la directiva europea 2018/1808, que afecta por tanto a España, e insta a todos los países a aplicar una ley audiovisual que proteja a los menores en diversas materias, entre otras la pornografía, ni siquiera se ha mencionado desde entonces. Otros países han comenzado a alzar la voz, aunque los resultados de momento son dispares. Reino Unido, en julio de 2019, aprobó una ley, que ha retrasado su aplicación por dificultades técnicas. Alemania quiere controlar el acceso directamente a través de los operadores de telefonía. Y en Francia, el presidente Macron ha exigido a los portales porno que establezcan una verificación de edad, porque “si no llevamos a un joven de 13 años a un sex-shop, tampoco podemos permitir que el mundo digital se escape al orden público.

Los datos, se miren por donde se miren, son abrumadores. Bastan los dos estudios más mediáticos, con muestras representativas, realizados en España en 2019 y 2020. El más reciente, a cargo de Save the Children, resalta que el 68% de los adolescentes consumen contenidos sexuales de forma frecuente, o que el 14% de quienes han visto pornografía han entrado en contacto, alguna vez, con una persona desconocida con fines sexuales a través de internet. El otro estudio “Nueva pornografía y relaciones sexuales en jóvenes” de la Universidad de Illes Baleares, también arroja datos preocupantes. Por ejemplo, uno de cada cuatro adolescentes varones de 13 años ha visto pornografía. Y otro más inquietante: el 50% de los que entran en estas páginas reconoce haber incrementado las prácticas de riesgo en sus relaciones.

Por ello, no es de extrañar que el comportamiento sexual compulsivo, que incluye el uso problemático de la pornografía, haya sido recientemente incorporado por la Organización Mundial de la Salud como un tipo específico de trastorno dentro de la Clasificación Internacional de Enfermedades (ICD-11). La prevalencia- porcentaje de población afectada- de este trastorno ya se encuentra alrededor del 7%- un índice realmente preocupante que lleva a muchos a plantear este problema como asunto de salud pública al igual que la adicción a sustancias tóxicas. Suelen ser los adolescentes, que puntúan alto en apego ansioso, los que buscan la cercanía, apoyo o afecto en las actividades sexuales online y offline por la falta de convicción de que van a poder ser capaces de conseguir sus objetivos o por miedo al rechazo. Además el uso excesivo de videojuegos (Fortnite, Overwatch, APEX Legends, Pokemon Go, The Legend of Zelda o Tom Rider u otros fetiches muy populares entre los menores) aumenta las probabilidades de hacerse adicto a la pornografía y viceversa según el estudio de Laura Stockdale y Sara M. Coyneif publicado en el Journal of Affective Disorders (2018).

En resumidas cuentas, la pornografía puede tener consecuencias tan negativas para el cerebro de nuestros jóvenes como el alcohol, el cannabis o la cocaína. Esa búsqueda de placer inmediato, fácil y rápido consumo provoca lo que se denomina adicción a la excitación. Mientras que el adicto a una sustancia (alcohol o drogas) necesita cada vez más cantidad de esa sustancia, los(las) adictos (as) al porno y a los videojuegos necesitan una intensidad y una variedad de estímulos cada vez mayores conocido como efecto Coolidge lo que lleva a los (las) jóvenes a buscar videojuegos y/o porno más violento y extraño para calmar el ansia de novedad. En conclusión, si el poder legislativo no regula el uso de la pornografía y las autoridades sanitarias no ponen en marcha políticas de prevención, entonces la deshumanización del sexo, la vejación de la mujer y el olvido del consentimiento serán las muy graves consecuencias que colapsen los juzgados con todo tipo de delitos de naturaleza sexual.

 

 

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