Un año del resurgir de la Ruta Canaria: 365 días, 357 muertos

12 Agosto 2020
Cuarenta y cuatro inmigrantes murieron la semana pasada intentando llegar a Canarias desde África, 17 ahogados, 27 consumidos lentamente por la sed, el hambre y el sol, y a otros 63 se les dio ya por perdidos tras veintitantos días en el Atlántico a bordo de una neumática.

Es el día a día que depara cada vez con más frecuencia la llamada «Ruta Canaria», uno de los caminos más peligrosos hacia el sueño europeo de miles de emigrantes africanos, que en los últimos doce meses ya se ha cobrado al menos 357 vidas, el triple que en el mismo período de 2019, según datos facilitados a Efe por la Organización de Naciones Unidas para las Migraciones (OIM).

«Estamos seguros de que estos datos son subestimaciones del número real de muertes y desapariciones. Es muy difícil documentar con exactitud las muertes y desapariciones que ocurren durante las experiencias de tránsito y movilidad de las personas migrantes. Todas las cifras existentes, incluyendo las oficiales, son incompletas», asegura Marta Sánchez Dionis, del programa «Missing Migrants» («Migrantes desaparecidos») de la OIM.

El colectivo Caminando Fronteras lleva su propias cuentas, casi siempre superiores a las de la OIM. Todavía no ha cerrado sus cifras del primer semestre de 2020, pero solo entre enero y marzo registró 245 muertes en doce naufragios en la «Ruta Canaria», que, según su seguimiento, mató a 365 personas a lo largo de 2019 (155 más de las que anota el programa «Missing Migrants» de la OIM, 210).

UN MUERTO POR CADA 16 MIGRANTES LLEGADOS

Cuando el 5 de diciembre de 2019 más de 60 inmigrantes perecieron frente a las costas de Nuadibú (Mauritania) al volcar el cayuco con el que habían partido días antes desde Gambia hacia las islas españolas, la mayoría de las ONG que trabajan en este campo ya dieron por certificado que la «Ruta Canaria» se había reactivado, ante los obstáculos cada vez mayores para cruzar el Mediterráneo.

Las organizaciones sociales -y también los servicios de emergencia- le tienen especial miedo a esa ruta porque son conscientes de su pasado: durante la crisis de los cayucos de 2006 se cobró cientos -si no miles- de vidas de jóvenes africanos que se aventuraban al Atlántico en travesías cada vez más largas y en barcas siembre endebles para las condiciones del mar en esta zona.

Desde Tarfaya, en Marruecos, uno de los puntos habituales de salida de pateras hacia Canarias (allí generalmente neumáticas, como la de los 63 desaparecidos del 19 de julio) solo hay 100 kilómetros hasta el punto más cercano de Canarias. Desde El Aaiún, son 150 kilómetros; desde Dajla, también en el Sahara, 450; desde Nuadibú (Mauritania), 760; desde Dakar, 1.450; y desde Gambia, más de 1.600.

Casi de todos esos puntos de partida hay representantes entre los 3.531 inmigrantes que han llegado hasta la fecha a Canarias en lo que va de año, cinco veces y media más que en el mismo período del año anterior, una cifra sin precedentes desde 2008 (9.181 inmigrantes), desde el final de la llamada «crisis de los cayucos».

Pero los datos con inicio el 1 de enero no muestran del todo bien la tendencia de una ruta que comenzó a reactivarse en agosto de 2019, según revelan las cifras del Ministerio del Interior (a 31 de julio, la diferencia con 2018 era solo de +1).

A falta de cerrar con datos oficiales la segunda quincena de agosto, el acumulado anual de llegadas en doce meses roza las 5.800 en 204 pateras. Si ese número se cruza con el de fallecidos que reporta la OIM, se aprecia que en último año han muerto intentando llegar a Canarias una persona por cada 16 que lo lograron.

Las cifras aún está lejos de las 31.678 inmigrantes que recibió Canarias en 2006, en el apogeo de anterior crisis, pero las ONG empiezan a ver paralelismos con aquella situación e, incluso, situaciones aún más dramáticas; en particular, con los niños.

NUNCA VIMOS TANTOS BEBÉS

Entre 2005 y 2008 llegaron a las islas muchos menores, casi siempre adolescentes. Esta vez, rara es la semana en la que no aparece una patera con bebés, después de varios días de travesía a la intemperie en el mar. Las ha habido hasta de media docena.

«En 2006 no veíamos la cantidad de niños y recién nacidos que nos está llegado ahora», corrobora José Antonio Rodríguez Verona, responsable de Inmigración de Cruz Roja en Las Palmas. «Este año hemos atendido ya a tres mujeres que han dado a luz en la patera», recuerda. Ocurrió en Lanzarote en enero, en Gran Canaria en febrero y en Fuerteventura en abril. El primero de los críos no sobrevivió.

Y el pronóstico de la Cruz Roja es que la ruta va a ir a más en el último trimestre del año, cuando las condiciones meteorológicas y de navegación son más favorables para llegar a Canarias. Lo mismo piensa la Delegación del Gobierno, cuyo responsable, Anselmo Pestana, lo viene advirtiendo en sus últimas declaraciones públicas.

La ruta ha provocado muchos momentos dramáticos estos meses. La activista Helena Maleno, de Caminando Fronteras, tuvo al teléfono el 3 de agosto hasta que se hundieron a los 60 ocupantes de una lancha neumática que naufragó al norte de Tarfaya, hasta el punto de escuchar los gritos de una mujer que lloraba por su bebé.

Y, en febrero, 27 jóvenes estuvieron perdidos dos semanas a la deriva en una patera que había partido desde Dajla: cuatro murieron de hambre y sed, cinco se tiraron al mar desesperados y a los supervivientes los rescataron un mercante y dos helicópteros Superpuma del Ejército del Aire 500 kilómetros al sur de El Hierro.

Con las distancias tan enormes del océano se pierden las referencias, pero ese día las tripulaciones de aquellos helicópteros hicieron el equivalente a salir desde Madrid a recoger a unos náufragos en Algeciras y regresar con los más graves a la capital.

«Cada vez habrá más muertes. En las rutas más peligrosas pierden poder las comunidades migrantes, pierden poder las familias y las propias personas para defenderse, que dependen de redes criminales más fuertes. Cada vez saldrán en embarcaciones peores, como estamos viendo, con condiciones meteorológicas peores y no se invertirá en proteger sus vidas, sino en dispositivos migratorios para controlar las salidas», sentencia Helena Maleno.

En su organización, tienen testimonios de inmigrantes que quisieron volverse atrás al ver los poco fiable que era la patera que les iba a llevar a Canarias. «Pero una vez en la playa nadie puede volverse atrás», resume la activista española. Los criminales que se están lucrando con este negocio no lo permiten.

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