Desde mi atalaya.- En recuerdo de mi amigo Juan Pedro Calvo Peralvo

 

Conocí  a Juan Pedro Calvo a finales de los años ochenta. Hacía poco tiempo que había llegado de Venezuela, donde la necesidad de buscar nuevos horizontes y un acuerdo con TVE para ejercer su profesión como periodista freelance, en el área del Caribe, le habían llevado. Fue un viaje de ida y vuelta. Y aterrizó en Tenerife. Razones familiares y, conocer, de paso, estas exóticas tierras atlánticas y españolas, le condujeron a esta tierra que sería su última morada.

En aquella época, había cumplido, apenas, la cuarentena, pero ya, entonces, tenía el Alma llena de cicatrices. Era como muchos de los de su quinta un hijo de la posguerra, del bando que la había perdido. De aquella Guerra Incivil que hundió a España en el oscurantismo durante cuatro largas décadas.

Pero su carácter, su fuerte carácter, su constancia y su entrega a las cosas en las que creía, hicieron que superara aquellas adversidades y se convirtiera en un personaje de cierto éxito.

De su necesidad de emular a su hermano mayor, locutor famoso en los años sesenta, en Radio Intercontinental, nació un periodista que, primero en Radio Zamora y después en Radio San Sebastián, presentó programas de éxito, que, veleidades del destino, le encumbraron en su profesión de esa forma tan efímera en la que nos ocurren las cosas buenas a los seres humanos. Tras su paso por la dirección de la emisora de Radio San Sebastián, dirigió  Radio Marbella, hasta que las circunstancias, la presión, le hicieron tirar, una vez más, la toalla.

De aquella época, que el recordaba, me decía,  como un sueño. De éxitos profesionales y fracasos personales. De querer acaparar el mundo con sus manos, cuando la felicidad se le escapaba entre los dedos. De su incapacidad para decirle a la gente que le rodeaba, cuanto les quería, o cuanto les necesitaba. De esa época, surgió el Juan Pedro Calvo Peralvo, al que tuve la suerte de conocer y con el que compartí el pan durante estos largos veinticinco años.

Recuerdo con el orgullo que me hablaba de sus hijos. Uno de ellos había estudiado Arquitectura y, en boca de Juan Pedro parecía que había diseñado a la Bella Easo. Otro se había formado como  Ingeniero Informático, y parecía, oyéndole hablar, que Bill Gates y Sergey Brin se disputaban, a diario y ferozmente, incorporarle a sus plantillas.  O cuando me hablaba de Raquel.

Raquel, hija de su segundo matrimonio, había, al fin, seguido sus pasos. Recuerdo la emoción, el orgullo de padre, con el que me dijo que su hija, Raquel, colaboraba con el Diario Vasco. El, también, alguna vez, había escrito allí. ¡Qué suerte! Hasta, quizás, pudiera ser que colaborara en ese nuevo proyecto que estaba pergeñando en forma de diario digital.

De su hijo Jose era del que menos me hablaba. Era lógico, vivía aquí, con él, y la cercanía da por supuestas cosas que lo son o no. Me consta que le profesaba un gran respeto y cariño. Ahora incrementado por que le habían hecho abuelo.

Recuerdo también, quizás, su época más tranquila, junto a Rosi, con la que consiguió formar una familia. En la forma que mi amigo Juan Pedro entendía lo de formar una familia. Como fui testigo de aquella época puedo asegurar que fue una época placida y feliz.

Del batacazo que supuso el fallecimiento de tan buena compañera, se recuperó mi amigo cuando conoció a Celina. Última y ejemplar compañera que le asistió hasta su definitivo destino.

Su compromiso social le llevo por vericuetos insospechados. Amó a esta tierra y se implicó en una actividad, tan hostil, como es la política para los ajenos a ella. Gastó tiempo y caudales en tratar de unificar lo que no existe: el nacionalismo canario.

Mi amigo Juan Pedro Calvo no fue ningún ser excepcional. Solo fue un hombre, con sus fortalezas y flaquezas, con sus miedos y temores, con su enorme capacidad para sobrevivir en un mundo hostil. Creativo y emprendedor. Capaz de fracasar cien veces y levantarse ciento y una, para intentarlo de nuevo. También era una persona carismática. Yo le decía, a veces, que era el mejor vendedor de humo del mundo. A veces, quizás, también podía ser un poco bribón, pero puedo asegurar que nunca engaño a nadie que no se lo mereciera.

También tenía dotes innatas para la Seducción. Tenía, cuando quería, esa capacidad para decirle a la otra parte, exactamente, lo que quería escuchar.

Pero, sobre todo, mi amigo Juan Pedro Calvo, era una buena persona. Es posible que, quien no se acercase a contemplarlo, no lo notara. Allá él. Perdió una buena ocasión para conocer la bonhomía en estado puro.

Dicen que el que tiene un amigo tiene un tesoro. A contrario sensu, pierde un tesoro el que pierde un amigo.

Acabo de perder a mi mejor amigo y puedo afirmar que, como todos los refranes, esta, es una mentira más.

Mi amigo Juan Pedro se ha ido. Y me siento afortunado por haber disfrutado de su amistad durante estos veinticinco años.

Hasta luego, Amigo.

Jose Manuel de la Viuda. Abogado

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